La importancia del lenguaje

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El lenguaje que usamos y cómo transmitimos nuestros pensamientos e ideas es algo a lo que la mayoría de nosotros NO le prestamos mucha atención. Vamos con el piloto automático puesto y así funcionamos. O mejor hablo por mi. Me pasa mucho que NO paro de repetir ante cualquier situación con la que NO me siento segura que “uy NO, yo eso NO puedo o NO se me da bien”  como excusa para ni probarlo; u “ojalá tal o cual cosa pase”; como si las oportunidades me tuvieran que caer del cielo; o incluso, doy miles de rodeos cuando se trata de pedir algo a alguien en vez de ser concisa y directa. Ésto me lleva al punto de pensar que lo que quiero y lo que estoy transmitiendo o demandando acaban siendo dos cosas distintas y eso, sin darme cuenta, me crea una sensación de desasosiego y frustración porque; por otro lado, NO entiendo por qué la comunicación NO funciona. Me pasa como con la mayoría de grandes verdades en la vida, que son tan obvias y sencillas que NO las veo tratando de buscar la opción más enrevesada posible por que así soy yo. Para justificarme siempre digo que escogí la vida en modo experto pero la realidad es que NO debería darme más excusas y ponerme manos a la obra conmigo misma.

Cuando se trata de pedir cosas a los demás, por tal de resultar lo menos molesta posible, puedo llegar a ser bastante ambigua e incluso enrevesada con las explicaciones que doy y ésto es debido a que me aterra la idea de que me den una negativa. NO sé convivir con el descontento ajeno y necesito su aprobación para estar bien lo cual NO me parece lo más bonito y sano del mundo. Pero verlo como dicen es el primer paso.

Cuando me doy cuenta de estas cosas tengo un sentimiento ambiguo, ya que por un lado me siento bien por haberlo visto. Por el otro, tiendo a fustigarme por ser tan desastre.

Pero NO es cuestión de desastres si no de cómo me trato a mi misma y cómo me hablo. Me he pasado la vida diciéndome que NO podía, que NO probara, que NO era apta o que las cosas NO dependían de mí. Cómo se supone que tenga confianza en mí misma si todo lo que me he dicho empezaba por NO? Así que aquí estoy, que visto lo visto NO puedo enfadarme conmigo misma por ello y NO sé cómo hablarme y todo ello me ha llevado a plantearme que el kit de la cuestión es que me estoy dando los mensajes erróneos y por eso NO me entero de nada. Hay que ver lo que son las cosas!

 

Llegada a éste punto, tengo dos opciones; seguir enfadada conmigo misma por tanto mensaje negativo; o cambiar el enfoque y empezar a comunicarme (tanto conmigo misma cómo con los demás) de un modo más positivo,claro,conciso y prestando atención a las expresiones o palabras que uso y por qué las uso.

El motivo principal de toda esta negatividad e incongruencia, son los miedos e inseguridades que me corroen;  y que, a través del lenguaje, engendran imposibilidades. Si me digo que no puedo repetidas veces, me lo acabo creyendo y al final, efectivamente no podré o desistiré antes incluso de probarlo porque ya tengo la certeza en mi de que así será.

Una herramienta (por llamarla de alguna manera) que me sirvió mucho tiempo de escudo para no hacer nada con todo ésto y sentirme menos culpable fue la palabra OJALÁ después de cada mensaje negativo. Con ésta palabra me acomodé totalmente en la inacción ya que con ella, me quité la culpa de todo lo que me pasaba ( no dependía de mí) y esperaba que, o bien la ciencia infusa, o un ser divino, omnipresente y omnipotente (viva el absurdo,qué sé yo), viniera y se llevara toda aquella negatividad que, oh! pobre de mí, me impedía avanzar; y me ofreciera la oportunidad de mi vida sin yo tener que mover un triste dedo. Y es que el papel  de víctima es muy cómodo!

Cuando nos vemos víctimas de nuestra propia existencia, no nos preocupamos de ser artífices de la misma y aunque es una posición predispuesta a sufrir, es cómoda; para qué negarlo! Aunque nada efectiva ni a corto ni a largo plazo.

Por otro lado está el tema de la incongruencia entre el “lo que quiero” y el “lo que transmito”. El principal problema en este sentido era una vez más el enfoque; y es que solía pensar que los demás debían sobreentender lo que yo quería o necesitaba aunque estuviera hablando en críptico, porque era lo lógico(para mí); y me mosqueaba luego si no se daba el caso. Si yo iba dejando miguitas de lo que necesitaba, sin especificar nada de ello, 1º no me mojaba y no tendría porque enfrentarme con la otra persona en caso de que no estuviera de acuerdo conmigo y 2º siempre podría desdecirme y acabar cediendo a los deseos del otro dándole otros matices a mis palabras pero con la consecuente sensación de frustración porque, una vez más, me había quedado sin tener lo que quería o necesitaba. Qué retorcido no? Pues sí, muy a mi pesar pero sí. Mucha rabia me he comido y claro, luego eso se indigesta y tiene que salir! Con lo fácil que es en realidad hablar claro! Bueno, fácil  de entrada no,pero te vas acostumbrando, lo que sí es un alivio. Después de tantos años repitiendo dinámicas totalmente opuestas a ello, ahora cada vez que voy a soltar algo (que lo hago), me palpita el corazón en la garganta que parece que me va a desplazar la nuez de sitio; pero como digo, el alivio es tal y la sensación de felicidad al ver QUE NO PASA NADA, QUE TODO ESTÁ BIEN que compensa y mucho!

El miedo a no encajar, a no ser aceptada, al abandono, me hacía pensar mucho en qué decir y cómo decirlo hasta que lo asimilé como un modo de expresarme y se convirtió en algo automático. Lo que yo quería o necesitaba no era lo realmente importante,me decía, porque quedaba supeditado a contentar a los demás. El pensar en cómo hablar o comunicarme no era lo que estaba mal,sino el hacerlo para alienarme de mi misma y agradar a los demás.  El hecho de pensar qué decir o cómo decirlo es una medida que en un momento dado puede resultar muy efectiva pero es muy perjudicial cuando es asumida y reproducida sin ser consciente de uno mismo. Si te olvidas de ti, si te dejas en un segundo lugar o tercero o cuarto en pos de los demás; si tu no te cuidas y te encargas de estar bien y de tus necesidades, cómo lo van a hacer los demás si ni siquiera saben de la existencia de éstas necesidades?

Al final la conclusión que le saco a todo esto es que lo importante es la consciencia. No tanto la meta (inalcanzable por otro lado) de tratar de ser o mostrarme perfecta  y que tantas frustraciones conlleva; si no, llegar a ser la mejor versión de mi misma reconociéndome todas mis partes; las más patéticas y las más brillantes, y tratando de ponerle consciencia a mis actos y mis palabras. En definitiva, bajar la exigencia y apostar por la aceptación como arma definitiva.

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