La estantería de los cuidados

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Hay un poema que cayó en mis manos hace algún tiempo que al leerlo me impactó mucho ya que sentí que me representaba como nunca antes lo había hecho ninguna poesía. Ni una palabra, ni una coma estaba ahí de más, ni de menos. Mi vida, muy a mi pesar quedaba resumida en unos cuantos versos y ésto me hizo sentirme a la vez muy predecible y menos sola. Es un sentimiento agridulce que se me instaló en el pecho para plantarme de pies a tierra y para abrazarme con los brazos de todas las mujeres del mundo. Lo imprimí y lo guardé para que me hiciera compañía porque así soy yo, muy de guardar tesoritos. Como me pasa con la mayoría de las cosas, al guardarlo entre mis libros, quedó a la par guardado entre mis recuerdos sin volver a mi memoria por un tiempo.

Últimamente, he movido muchos recuerdos, desempolvándolos y dejándolos que me acompañaran de nuevo, no ya desde la observación nostálgica que al final cubre todo de un manto de entrañabilidad y felicidad, sino desde el volverlos a vivir como si fuera niña otra vez. Gracias a esto, he podido ver que los recuerdos no son siempre como los recordamos, si no que a veces, son como los queremos recordar. A veces para que no nos hagan daño. Es un intento inocente de autoengaño que nos ayuda a mantenernos a flote pero que a la vez, nos aleja un poquito de nuestra esencia ya que no somos del todo conscientes de cosas que nos han pasado y de cómo nos han afectado.

En mi caso,revisando mi historia, me doy cuenta de que le di a toda mi infancia un tinte de alegrías y carcajadas que no deja de ser parte de la verdad pero que no refleja completamente el espectro de mi vida. También veo que en mi adolescencia me volví un poco rebelde sin causa ni consciencia ya que me prometí hacer lo que me daba la gana pero nunca fui del todo feliz por ello esperando tontamente una aprobación externa que nunca llegó ni iba a llegar. Eso hizo que no creyera del todo a esa vocecilla interna que me habla desde la intuición y que me dice que todo está bien, que tire pa’lante a mi modo y que no le de tanta importancia al qué dirán. Que al fin y al cabo, mi vida es mía y de nadie más y que la que tiene que estar contenta y feliz con mis decisiones soy yo.

Esto puede parecer muy simple  y básico así a golpe de vista pero por lo que sea, a mi me ha costado bastantes años llegar a verlo y ahora me río, pero muchas lágrimas me ha costado.

Os voy a dejar aquí el poema en cuestión porque me apetece compartirlo y para que veáis de lo que hablo y porque no; para que me deis vuestra opinión que me gusta a mi mucho saber lo que pensáis!

 

No me arrepiento de nada

Desde la mujer que soy,

a veces me da por contemplar

aquellas que pude haber sido:

las mujeres primorosas,

hacendosas, buenas esposas,

dechado de virtudes,

que deseara mi madre.

No sé por qué

la vida entera he pasado

rebelándome contra ellas.

Odio sus amenazas en mi cuerpo.

La culpa que sus vidas impecables,

por extraño maleficio, me inspiran.

Reniego de sus buenos oficios;

de los llantos a escondidas del esposo,

del pudor de su desnudez

bajo la planchada y almidonada ropa interior.

Estas mujeres, sin embargo,

me miran desde el interior de los espejos,

levantan su dedo acusador

y, a veces, cedo a sus miradas de reproche

y quiero ganarme la aceptación universal,

ser la “niña buena”, la “mujer decente”

la Gioconda irreprochable.

Sacarme diez en conducta

con el partido, el estado, las amistades,

mi familia, mis hijos y todos los demás seres

que abundantes pueblan este mundo nuestro.

En esta contradicción inevitable

entre lo que debió haber sido y lo que es,

he librado numerosas batallas mortales,

batallas a mordiscos de ellas contra mí

—ellas habitando en mí queriendo ser yo misma—

transgrediendo maternos mandamientos,

desgarro adolorida y a trompicones

a las mujeres internas

que, desde la infancia, me retuercen los ojos

porque no quepo en el molde perfecto

de sus sueños,

porque me atrevo a ser esta loca, falible, tierna y vulnerable,

que se enamora

como alma en pena

de causas justas, hombres hermosos,

y palabras juguetonas.

Porque, de adulta, me atreví a vivir la niñez vedada,

e hice el amor sobre escritorios

–en horas de oficina–

y rompí lazos inviolables

y me atreví a gozar

el cuerpo sano y sinuoso

con que los genes de todos mis ancestros

me dotaron.

No culpo a nadie. Más bien les agradezco los dones.

No me arrepiento de nada, como dijo Edith Piaf.

Pero en los pozos oscuros en que me hundo,

cuando, en las mañanas, no más abrir los ojos,

siento las lágrimas pujando;

veo a esas otras mujeres esperando en el vestíbulo,

blandiendo condenas contra mi felicidad.

Impertérritas niñas buenas me circundan

y danzan sus canciones

infantiles contra mí

contra esta mujer

hecha y derecha,

plena.

Esta mujer de pechos en pecho

y caderas anchas

que, por mi madre y contra ella,

me gusta ser.

Gioconda Belli

 

Ayer, buscando una libreta en mi estantería para hablaros de Shibari ( lo cual haré en breves), el poema cayó al suelo dobladito e intacto; y al abrirlo fue como abrir una caja de Pandora donde todos los recuerdos con los que había bailado últimamente, se manifestaban y cobraban presencia. Ni que decir cabe que el shibari quedó a un lado y me entraron unas ganas loca por escribir estas palabras que ahora leéis. Me hervía la mente así que decidí cerrar los ojos y dejarme llevar, y hoy desde el reposo, ponerle palabras a muchas de las cosas que he sentido estos días. Aunque parezcan muchas, tienen un denominador común y es EL tema recurrente de mi vida: la falta de autocuidados y autoconciencia. La necesidad de preocuparme por los demás  hasta olvidarme de mi misma que he mamado de mi madre y que ella mamó de la suya y que muchas, seguimos reproduciendo sin ser conscientes de la toxicidad de nuestros actos, ya no solo para con nosotras mismas si no para con los demás. Sentir que “tengo que”, que le debo algo a alguien pero no a mi misma, que tengo la necesidad de ayudar a los demás y hacerme cargo de la situación, y que lo mío queda relegado a un segundo, tercer o cuarto lugar y sobretodo la culpa; me desvinculan del conocerme, de amar la persona que soy y de abrazarla y estimarla!! Y es que si lo hiciera, paradójicamente sería más capaz de estar ahí por los demás y sin sentirlo como una losa. Cuando me hago responsable de las necesidades de los demás, tampoco les dejo desarrollarse y seguir su curso; ni a ellos ni a mi. Les/me  estoy impidiendo crecer y sobretodo darse/me cuenta de que está pasando; y para colmo, para mí acaba siendo un agobio la mayoría de las veces.No escribo esto por tal de fustigarme, ni creyendo ya que toda la culpa es mía, sino para ser consciente de mis necesidades y mis límites y no esperar que me llueva el amor y el cariño; sino para dármelo. Cuando te importa más lo que tu opines de tus actos que lo que les puedan parecer al resto; es entonces cuando empiezas a vivir, y es primordial permitírnoslo, sobretodo con mucho amor.

Pensáis lo mismo que yo?

4 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Carmen dice:

    Bueno, con mi ex marido he tenido una relación que empezó divina y acabo siendo tóxica y con maltrato psicológico y con mucha dejadez por mi parte y con todo eso que llaman anteponer a otra persona por encima de las propias necesidades de una manera muy irracional. Al final, eventualmente, aquí estoy hoy en día, lo superé y eso. No sé si eso cuenta como pensar lo mismo y si no pues algo parecido. 🙂

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    1. Hola Carmen!

      Primero de todo gracias por tu comentario y compartir! Cualquier situación en la que antepongas las necesidades de otros a las tuyas es nociva en el sentido de que te dejas de lado a ti misma y claro que cuenta! Ya sea con familia, amigos, pareja, trabajo o en la vida en general. Hacernos cargo de nuestras necesidades no es egoísmo tal y como nos han enseñado si no cuestión de amor propio y de cuidarse; y es algo que deberíamos tener más en cuenta así que me alegro que hoy en día lo hayas superado!! Un abrazo fuerte!

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      1. Carmen dice:

        ¡Estoy plenamente de acuerdo contigo! Es más, puede ser que en algunos aspectos íntimos de esto de los cuidados personales de la carne igual me haya pasado de frenada. Pero estoy en esos momentos de mi vida cuándo prefiero pasarme de frenada que llegar a quedarme corta y vivir con las frustraciones posteriores. A veces, me gusta prestar de los hombres esa filosofía de que cuanto más, mejor, sean tamaños sean cantidades 🙂

        Le gusta a 1 persona

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